Integrar la dualidad: sanar sin dividir
Desde muy antiguo, el ser humano ha intentado comprender la realidad separándola en pares opuestos: luz y oscuridad, cuerpo y espíritu, amor y miedo, avanzar y frenar. Esta forma de ver el mundo es natural para la mente, pero cuando se convierte en una visión rígida, genera conflicto interior.
En el Zen se enseña que la realidad última no está dividida. La dualidad surge de la mente que discrimina, pero no de la naturaleza profunda de las cosas. Cuando nos identificamos únicamente con un polo —lo que consideramos “bueno”, “espiritual” o “correcto”— rechazamos la otra parte, y ese rechazo se convierte en sufrimiento.
Usui Sensei comprendió que la sanación no consiste en eliminar lo que no nos gusta de nosotros mismos, sino en permitir que la energía vuelva a fluir allí donde ha sido bloqueada. Reiki Ryōhō no lucha contra la oscuridad; la ilumina con presencia. No intenta corregir la vida; la acompaña.
Cada instante es una elección. Podemos responder desde el amor o desde el miedo, desde la aceptación o desde la resistencia. Estas opciones no son identidades fijas, sino estados de conciencia que cambian momento a momento. A mayor conciencia, mayor libertad para elegir.
Negar la propia sombra impide el despertar. Rechazar el cuerpo bloquea la espiritualidad. En el Zen, sentarse en silencio implica sentarse con todo lo que somos. En Reiki, colocar las manos implica aceptar tanto la armonía como el bloqueo sin preferencia.
Lo que nos mueve y lo que nos frena no son enemigos: son dos expresiones de la misma energía en distintos niveles de maduración. Cuando ambos son observados con claridad, dejan de oponerse y se integran.
Aplicación terapéutica desde el Reiki Ryōhō
El Reiki ofrece un soporte directo para este proceso de integración, tanto en la práctica personal como en el acompañamiento a otros.
1. Autotratamiento: reconciliar los opuestos
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Comenzar el autotratamiento colocando las manos en el abdomen (Tanden) para estabilizar la energía y la mente.
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Continuar en el plexo solar, observando emociones relacionadas con control, miedo o resistencia.
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Permanecer con las manos sin intención de cambiar nada, permitiendo que la respiración se vuelva natural.
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Si surgen pensamientos de rechazo o juicio hacia uno mismo, reconocerlos y dejar que la energía los atraviese.
Este proceso cultiva la integración interna y devuelve a la persona la sensación de unidad.
2. Tratamiento a otra persona: acompañar sin polarizar
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Durante la sesión, el reikista mantiene una actitud interna de neutralidad y respeto.
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Observar el Byōsen sin clasificarlo como “bueno” o “malo”; es simplemente información.
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Zonas como el corazón y el plexo solar suelen reflejar conflictos entre lo que la persona desea y lo que teme.
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Permitir que el Hibiki indique el ritmo del tratamiento, sin imponer tiempos ni secuencias rígidas.
El terapeuta no busca eliminar síntomas, sino crear las condiciones para que el sistema del receptor se autorregule y se integre.
Desde el Dharma y el Reiki Ryōhō, sanar es dejar de dividir la experiencia. Cuando la mente deja de luchar contra sí misma, la energía se ordena de manera natural. En ese estado, la vida ya no se vive como una batalla entre opuestos, sino como un proceso continuo de aprendizaje y despertar.
Ese es el camino: integrar, no rechazar; observar, no juzgar; cultivar presencia, no idealizar.
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