USUI REIKI RYOHO - Dharma y Reiki - Maestro Vicente Aseillam.


Reiki y Dharma: Medios Hábiles en el Camino hacia la Liberación

Cuando se contempla la posibilidad de integrar Reiki y Dharma, es imprescindible hacerlo desde una comprensión clara de sus naturalezas distintas. No se trata de fusionarlas de manera indiscriminada, sino de permitir que cada una ocupe su lugar correcto sin generar confusión ni autoengaño en la práctica.

La experiencia de sanar, de aliviar o de transformar surge de condiciones interdependientes, no de una entidad personal que controla el proceso. En ciertas aproximaciones al Reiki, sin esta comprensión, puede aparecer un riesgo sutil: que el ego del practicante se infle bajo la idea de “yo sano”, “yo tengo un don”, “yo transmito poder”. Si se decide caminar con ambas vías, el punto esencial es cultivar el estado de no-yo también durante la práctica energética. El practicante no es un hacedor, sino un canal consciente que no se apropia de la experiencia.

Desde esta perspectiva, la diferencia en la comprensión del sufrimiento se vuelve igualmente clara. El Reiki actúa principalmente en el nivel del síntoma: relaja el sistema nervioso, alivia el dolor, reduce el estrés, armoniza la experiencia inmediata del cuerpo-mente. El Dharma, en cambio, apunta directamente a la raíz: la ignorancia fundamental, el apego y la aversión que sostienen el ciclo del sufrimiento. Confundir estos planos sería empobrecer a ambos. Integrarlos con sabiduría significa usar el Reiki como un medio hábil para calmar el cuerpo y permitir que la mente tenga la estabilidad necesaria para observarse a sí misma.

Existe, además, un origen común que conviene recordar: la búsqueda de la iluminación. Para Usui Sensei, el Reiki no era únicamente una técnica de sanación física, sino un camino hacia el Anshin Ritsumei, ese estado de paz interior profunda y aceptación del destino. Este estado resuena claramente con la equanimidad budista, Upekkhā: una mente que permanece estable, abierta y no reactiva ante las circunstancias cambiantes de la vida.

En el Dharma, el objetivo es la liberación del sufrimiento mediante el despertar de la mente, viendo la realidad tal como es. En el Reiki, la sanación del cuerpo puede entenderse como un escalón: al aliviar el dolor y aquietar el sistema nervioso, la mente encuentra el sosiego necesario para cultivar atención, comprensión y claridad. El cuerpo en calma se convierte en soporte del despertar, no en su fin último.

Así, Reiki y Dharma no se oponen ni se diluyen uno en el otro. Uno prepara las condiciones; el otro revela la verdad. Uno armoniza la experiencia inmediata; el otro corta la raíz del sufrimiento. Practicados desde la Vacuidad, ambos se transforman en expresiones de una misma aspiración: una mente libre, estable y despierta, sin un “yo” que sane ni un “yo” que alcance nada.

La Compasión como Motor de la Práctica

En el corazón más profundo del Usui Reiki late una fuerza que no es técnica ni método, sino intención pura, la compasión. Cuando esta práctica se contempla a la luz del budismo zen, aparece con claridad un punto de unión esencial. La figura del Buda de la Medicina, Yakushi Nyorai, conocido en sánscrito como Bhaiṣajyaguru, no representa únicamente la curación del cuerpo, sino la aspiración a aliviar el sufrimiento en todos los planos de la existencia.

Desde esta comprensión, practicar Reiki no es simplemente aplicar una energía para reducir un síntoma. Es cultivar Metta, el amor benevolente que desea sinceramente el bienestar del otro, y Karuna, la compasión que no se aparta ante el dolor, sino que se acerca con presencia y apertura. El gesto de imponer las manos se transforma entonces en un acto de profunda humanidad consciente.

Cuando el practicante se sitúa en este estado, ya no busca “quitar un dolor” desde una voluntad personal. Se vacía de protagonismo y permite que la energía fluya como expresión natural del deseo de aliviar el sufrimiento. No hay apropiación, no hay mérito personal: solo disponibilidad. En ese instante, el Reiki deja de ser una técnica y se convierte en una acción compasiva encarnada.

De esta forma, el practicante de Reiki camina de forma análoga a un Bodhisattva, alguien que, sin separarse del mundo ni de su dolor, ofrece alivio allí donde es posible, sin expectativa de resultado ni afirmación del yo. Cada sesión se vuelve una oportunidad para cultivar una mente compasiva, estable y despierta, que acompaña sin invadir y sostiene sin aferrarse.

De este modo, la compasión no es un añadido ético al Reiki, sino su motor silencioso. Es lo que orienta la práctica hacia algo más profundo que la sanación puntual: una participación consciente en el alivio del sufrimiento, sostenida por una mente clara y un corazón abierto.



Yakushi y la Sanación de los Tres Venenos

En la enseñanza asociada a Yakushi Nyorai, el Buda de la Medicina, la enfermedad no se comprende únicamente como un desequilibrio físico, sino como la manifestación visible de causas más profundas. En la raíz del sufrimiento del cuerpo se encuentran los llamados tres venenos: el apego, el odio y la ignorancia. Estos estados mentales, cuando se cultivan de forma inconsciente, tensan la mente, alteran el flujo natural de la energía y terminan expresándose como enfermedad.

Desde esta visión, la práctica del Usui Reiki adquiere una dimensión más amplia que la simple búsqueda de alivio corporal. Al canalizar energía, el practicante no intenta combatir la enfermedad como un enemigo externo, sino crear las condiciones para que estos venenos comiencen a disolverse. El apego se suaviza cuando la energía invita a la relajación y a la aceptación; el odio se enfría cuando el cuerpo experimenta seguridad y calma; la ignorancia se aclara cuando la mente encuentra espacio y silencio.

La imposición de manos se convierte así en un gesto simbólico y real a la vez. No se trata de “limpiar” algo desde la voluntad personal, sino de cultivar un campo de presencia compasiva donde la energía fluye sin intención egoica. En ese campo, el cuerpo puede soltar tensiones antiguas y la mente puede reconocer, aunque sea de forma sutil, los patrones que generan sufrimiento.

Reiki, entendido desde Yakushi, no elimina directamente los tres venenos; los ilumina. Al ser vistos con claridad y sostenidos en un entorno de calma y benevolencia, pierden fuerza. La sanación que surge entonces no es solo la desaparición de un síntoma, sino una reconciliación progresiva entre cuerpo, mente y conciencia.

De este modo, cada sesión de Reiki puede ser vivida como una práctica silenciosa de transformación interior: una oportunidad para aliviar el dolor presente y, al mismo tiempo, para cultivar las condiciones que reducen las causas profundas del sufrimiento.

“Solo por hoy”: La Paciencia como Camino de Transformación

Entre los principios de Usui Sensei, uno resuena con especial profundidad: “Solo por hoy, no te enojes”. Esta simple frase no es un consejo superficial para controlar la ira, sino una guía para cultivar la paciencia y la claridad interior en cada momento de la vida. La práctica de Reiki ofrece un espacio donde esta intención puede encarnarse, ya que al canalizar energía, no solo buscamos armonizar el cuerpo, sino también entrenar la mente en presencia y calma, evitando que el odio o la irritación nos dominen.

En el Dharma, esta actitud se refleja en la práctica de Kṣānti, la paciencia que actúa como antídoto contra el odio y la aversión. La paciencia no es resignación ni pasividad; es la fuerza que permite ver el sufrimiento propio y ajeno con claridad, sostenerlo sin reaccionar impulsivamente y responder desde la sabiduría. Al aplicar Reiki con esta conciencia, el practicante aprende a no aferrarse a la frustración o al enojo, permitiendo que la energía fluya libremente y generando un espacio seguro tanto para sí mismo como para el otro.

“No enojarse” se convierte en una práctica viva: un entrenamiento diario que une Reiki y Dharma. Mientras la energía Reiki calma el cuerpo y suaviza la mente, la paciencia budista permite que el corazón se mantenga abierto, transformando cada interacción, cada dificultad y cada conflicto en una oportunidad de crecimiento y liberación. En cada sesión, en cada gesto, se puede cultivar la paciencia como un puente entre la compasión activa y la claridad despierta.

Reiki y Dharma no son caminos separados; uno prepara la mente, el otro fortalece el corazón. Juntos, enseñan que incluso el enojo más sutil puede ser transformado en comprensión y presencia consciente, “solo por hoy”.


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