Cuando practicamos para obtener algo, la mente se divide: aparece el que busca y aquello que es buscado. En esa separación nace el cansancio, la tensión y la confusión. Por eso, en el Camino del Zen se habla de practicar sin ganancia, con una mente libre de cálculo. Cultivar la vía no es añadir nada a lo que somos, sino permitir que lo esencial madure por sí mismo, como un fruto que no puede forzarse a crecer.
En este cultivar atento y vivo, sin apropiación ni prisa, despierta de forma natural la Bodhicita, la mente de la iluminación, el despertar del corazón. No es una idea elevada ni una emoción pasajera. Es un giro silencioso y profundo: la práctica deja de ser solo para uno mismo y se convierte en una respuesta natural al sufrimiento del mundo. Cuando la Bodhicita está presente, la vía deja de ser estrecha y se vuelve vasta como el cielo.
De la Bodhicita brotan, sin esfuerzo, los Cuatro Inconmensurables. No como normas impuestas, sino como signos claros de que la práctica está viva y ha madurado.
El amor (Metta) no es apego ni dulzura artificial. Es el deseo sencillo y profundo de que todos los seres tengan la felicidad. Cuando cultivas Metta, ya no ves enemigos ni bandos; ves seres que, como tú, desean no sufrir. En ese ver, el juicio se afloja y la dureza se disuelve.
La compasión (Karuna) surge cuando el corazón deja de protegerse del dolor ajeno. No es lástima ni sacrificio. Es la capacidad de permanecer presente ante el sufrimiento sin huir ni endurecerse. Cultivar compasión es aprender a no cerrar los ojos cuando duele, ni ante el propio dolor ni ante el de los demás.
La alegría empática (Mudita) es quizá la más sutil de cultivar. Es alegrarse sinceramente del bien ajeno, sin comparación ni sombra de envidia. Cuando Mudita está viva, la felicidad del otro no te empobrece; ensancha el corazón y debilita el hábito de la separación.
La ecuanimidad (Upekkha) es el equilibrio profundo que sostiene a las otras tres. No es indiferencia, sino estabilidad lúcida. Es amar sin poseer, compadecer sin hundirse, alegrarse sin apegarse. Cultivar ecuanimidad es confiar en el fluir de las cosas sin intentar controlar los resultados.
En la práctica zen, estos cuatro no se cultivan pensando en ellos, sino cultivando la atención instante tras instante. Cuando te sientas en zazen sin buscar recompensa, cuando escuchas sin defenderte, cuando actúas sin endurecerte, la Bodhicita se manifiesta y los Cuatro Inconmensurables se expresan por sí solos.
Si te preguntas: “¿Estoy cultivando Bodhicita?”, ya te has apartado un paso. Mira, más bien, cómo respondes cuando alguien te incomoda, cuando algo no sale como esperas, cuando el mundo no confirma tu idea de ti mismo. Ahí se revela si el corazón está despertando.
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