Reiki y Dharma: Medios Hábiles en el Camino hacia la Liberación
Cuando se contempla la posibilidad de integrar Reiki y Dharma, es imprescindible hacerlo desde una comprensión clara de sus naturalezas distintas. No se trata de fusionarlas de manera indiscriminada, sino de permitir que cada una ocupe su lugar correcto sin generar confusión ni autoengaño en la práctica.
La experiencia de sanar, de aliviar o de transformar surge de condiciones interdependientes, no de una entidad personal que controla el proceso. En ciertas aproximaciones al Reiki, sin esta comprensión, puede aparecer un riesgo sutil: que el ego del practicante se infle bajo la idea de “yo sano”, “yo tengo un don”, “yo transmito poder”. Si se decide caminar con ambas vías, el punto esencial es cultivar el estado de no-yo también durante la práctica energética. El practicante no es un hacedor, sino un canal consciente que no se apropia de la experiencia.
Desde esta perspectiva, la diferencia en la comprensión del sufrimiento se vuelve igualmente clara. El Reiki actúa principalmente en el nivel del síntoma: relaja el sistema nervioso, alivia el dolor, reduce el estrés, armoniza la experiencia inmediata del cuerpo-mente. El Dharma, en cambio, apunta directamente a la raíz: la ignorancia fundamental, el apego y la aversión que sostienen el ciclo del sufrimiento. Confundir estos planos sería empobrecer a ambos. Integrarlos con sabiduría significa usar el Reiki como un medio hábil para calmar el cuerpo y permitir que la mente tenga la estabilidad necesaria para observarse a sí misma.
Existe, además, un origen común que conviene recordar: la búsqueda de la iluminación. Para Usui Sensei, el Reiki no era únicamente una técnica de sanación física, sino un camino hacia el Anshin Ritsumei, ese estado de paz interior profunda y aceptación del destino. Este estado resuena claramente con la equanimidad budista, Upekkhā: una mente que permanece estable, abierta y no reactiva ante las circunstancias cambiantes de la vida.
En el Dharma, el objetivo es la liberación del sufrimiento mediante el despertar de la mente, viendo la realidad tal como es. En el Reiki, la sanación del cuerpo puede entenderse como un escalón: al aliviar el dolor y aquietar el sistema nervioso, la mente encuentra el sosiego necesario para cultivar atención, comprensión y claridad. El cuerpo en calma se convierte en soporte del despertar, no en su fin último.
Así, Reiki y Dharma no se oponen ni se diluyen uno en el otro. Uno prepara las condiciones; el otro revela la verdad. Uno armoniza la experiencia inmediata; el otro corta la raíz del sufrimiento. Practicados desde la Vacuidad, ambos se transforman en expresiones de una misma aspiración: una mente libre, estable y despierta, sin un “yo” que sane ni un “yo” que alcance nada.
La Compasión como Motor de la Práctica
En el corazón más profundo del Usui Reiki late una fuerza que no es técnica ni método, sino intención pura, la compasión. Cuando esta práctica se contempla a la luz del budismo zen, aparece con claridad un punto de unión esencial. La figura del Buda de la Medicina, Yakushi Nyorai, conocido en sánscrito como Bhaiṣajyaguru, no representa únicamente la curación del cuerpo, sino la aspiración a aliviar el sufrimiento en todos los planos de la existencia.
Desde esta comprensión, practicar Reiki no es simplemente aplicar una energía para reducir un síntoma. Es cultivar Metta, el amor benevolente que desea sinceramente el bienestar del otro, y Karuna, la compasión que no se aparta ante el dolor, sino que se acerca con presencia y apertura. El gesto de imponer las manos se transforma entonces en un acto de profunda humanidad consciente.
Cuando el practicante se sitúa en este estado, ya no busca “quitar un dolor” desde una voluntad personal. Se vacía de protagonismo y permite que la energía fluya como expresión natural del deseo de aliviar el sufrimiento. No hay apropiación, no hay mérito personal: solo disponibilidad. En ese instante, el Reiki deja de ser una técnica y se convierte en una acción compasiva encarnada.
De esta forma, el practicante de Reiki camina de forma análoga a un Bodhisattva, alguien que, sin separarse del mundo ni de su dolor, ofrece alivio allí donde es posible, sin expectativa de resultado ni afirmación del yo. Cada sesión se vuelve una oportunidad para cultivar una mente compasiva, estable y despierta, que acompaña sin invadir y sostiene sin aferrarse.
De este modo, la compasión no es un añadido ético al Reiki, sino su motor silencioso. Es lo que orienta la práctica hacia algo más profundo que la sanación puntual: una participación consciente en el alivio del sufrimiento, sostenida por una mente clara y un corazón abierto.
Yakushi y la Sanación de los Tres Venenos
En la enseñanza asociada a Yakushi Nyorai, el Buda de la Medicina, la enfermedad no se comprende únicamente como un desequilibrio físico, sino como la manifestación visible de causas más profundas. En la raíz del sufrimiento del cuerpo se encuentran los llamados tres venenos: el apego, el odio y la ignorancia. Estos estados mentales, cuando se cultivan de forma inconsciente, tensan la mente, alteran el flujo natural de la energía y terminan expresándose como enfermedad.
Desde esta visión, la práctica del Usui Reiki adquiere una dimensión más amplia que la simple búsqueda de alivio corporal. Al canalizar energía, el practicante no intenta combatir la enfermedad como un enemigo externo, sino crear las condiciones para que estos venenos comiencen a disolverse. El apego se suaviza cuando la energía invita a la relajación y a la aceptación; el odio se enfría cuando el cuerpo experimenta seguridad y calma; la ignorancia se aclara cuando la mente encuentra espacio y silencio.
La imposición de manos se convierte así en un gesto simbólico y real a la vez. No se trata de “limpiar” algo desde la voluntad personal, sino de cultivar un campo de presencia compasiva donde la energía fluye sin intención egoica. En ese campo, el cuerpo puede soltar tensiones antiguas y la mente puede reconocer, aunque sea de forma sutil, los patrones que generan sufrimiento.
Reiki, entendido desde Yakushi, no elimina directamente los tres venenos; los ilumina. Al ser vistos con claridad y sostenidos en un entorno de calma y benevolencia, pierden fuerza. La sanación que surge entonces no es solo la desaparición de un síntoma, sino una reconciliación progresiva entre cuerpo, mente y conciencia.
De este modo, cada sesión de Reiki puede ser vivida como una práctica silenciosa de transformación interior: una oportunidad para aliviar el dolor presente y, al mismo tiempo, para cultivar las condiciones que reducen las causas profundas del sufrimiento.
La Paciencia como Camino de Transformación
Entre los principios de Usui Sensei, uno resuena con especial profundidad: “Solo por hoy, no te enojes”. Esta simple frase no es un consejo superficial para controlar la ira, sino una guía para cultivar la paciencia y la claridad interior en cada momento de la vida. La práctica de Reiki ofrece un espacio donde esta intención puede encarnarse, ya que al canalizar energía, no solo buscamos armonizar el cuerpo, sino también entrenar la mente en presencia y calma, evitando que el odio o la irritación nos dominen.
En el Dharma, esta actitud se refleja en la práctica de Kṣānti, la paciencia que actúa como antídoto contra el odio y la aversión. La paciencia no es resignación ni pasividad; es la fuerza que permite ver el sufrimiento propio y ajeno con claridad, sostenerlo sin reaccionar impulsivamente y responder desde la sabiduría. Al aplicar Reiki con esta conciencia, el practicante aprende a no aferrarse a la frustración o al enojo, permitiendo que la energía fluya libremente y generando un espacio seguro tanto para sí mismo como para el otro.
“No enojarse” se convierte en una práctica viva: un entrenamiento diario que une Reiki y Dharma. Mientras la energía Reiki calma el cuerpo y suaviza la mente, la paciencia budista permite que el corazón se mantenga abierto, transformando cada interacción, cada dificultad y cada conflicto en una oportunidad de crecimiento y liberación. En cada sesión, en cada gesto, se puede cultivar la paciencia como un puente entre la compasión activa y la claridad despierta.
Reiki y Dharma no son caminos separados; uno prepara la mente, el otro fortalece el corazón. Juntos, enseñan que incluso el enojo más sutil puede ser transformado en comprensión y presencia consciente, “solo por hoy”.
Atención Plena y Confianza en el Fluir de la Vida
Entre los principios legados por Usui Sensei, “Solo por hoy, no te preocupes” señala una dirección clara para la mente, regresar al presente. La preocupación es siempre un movimiento hacia el futuro, una proyección construida desde el miedo y la incertidumbre. Este principio no invita a la irresponsabilidad, sino a cultivar una mente estable que no se pierda en escenarios imaginados.
En el Dharma, esta actitud se expresa a través de la práctica de Sati, la atención plena. Sati es la capacidad de estar plenamente presentes con lo que ocurre aquí y ahora, sin añadir juicios ni narrativas innecesarias. Cuando la mente se ancla en la experiencia directa, la preocupación pierde fuerza, porque deja de ser alimentada por pensamientos repetitivos. La práctica de Reiki ofrece un soporte concreto para este entrenamiento: al canalizar energía, el practicante se asienta en la respiración, en las manos, en la sensación inmediata, permitiendo que la mente se unifique con el momento presente.
Junto a la atención plena, el Dharma introduce una comprensión esencial: la confianza en el Karma. Confiar en el Karma no significa resignarse pasivamente, sino reconocer que cada experiencia surge de causas y condiciones, y que nuestras acciones presentes son las semillas del futuro. Cuando esta comprensión se cultiva, la preocupación se transforma en responsabilidad consciente: hago lo que corresponde ahora, con claridad y rectitud, y suelto la necesidad de controlar los resultados.
Desde esta perspectiva, Reiki y Dharma se encuentran de manera natural. El Reiki aquieta el sistema nervioso y reduce la agitación que sostiene la preocupación; el Dharma ofrece el marco de sabiduría que permite soltar el aferramiento al resultado. “No preocuparse” se vuelve entonces una práctica viva: estar plenamente aquí, actuar con intención correcta y confiar en el fluir de las causas y condiciones.
“Solo por hoy” no es una consigna temporal, sino una puerta siempre abierta. Cada instante se convierte en una oportunidad para cultivar atención plena, confianza y serenidad, dejando que la mente descanse en la realidad tal como es.
Gratitud y Comprensión de la Interdependencia
Entre los principios de Usui Sensei, “Solo por hoy, sé agradecido” señala una actitud que transforma profundamente la manera de vivir y de practicar. La gratitud, en este contexto, no es un simple sentimiento positivo, sino una forma de sabiduría aplicada: el reconocimiento consciente de que nada existe de manera aislada.
En el Dharma, esta comprensión se expresa a través de Pratītyasamutpāda, el origen interdependiente. Todo lo que experimentamos surge gracias a una red infinita de causas y condiciones: el cuerpo que respira, la energía que circula, la posibilidad misma de recibir o dar Reiki. Cuando esta verdad se cultiva, la gratitud surge de manera natural, porque se disuelve la ilusión de autosuficiencia.
La práctica del Usui Reiki ofrece un terreno directo para encarnar esta enseñanza. Al canalizar energía, el practicante reconoce que no “produce” nada por sí mismo. La energía fluye gracias a innumerables condiciones: la transmisión recibida, la enseñanza de los maestros, la presencia del receptor, la disposición del momento. Este reconocimiento transforma la sesión en un acto silencioso de agradecimiento hacia la vida misma.
Desde el Dharma, la gratitud también actúa como un antídoto contra el orgullo y la queja. Al ver la interconexión, la mente deja de centrarse en lo que falta y se abre a lo que ya está sosteniendo la experiencia. Así, Reiki y Dharma se refuerzan mutuamente: el Reiki suaviza el corazón y lo vuelve receptivo; el Dharma aporta la claridad para cultivar una gratitud estable, no dependiente de las circunstancias externas.
“Ser agradecido, solo por hoy” se convierte entonces en una práctica continua. Cada respiración, cada sesión, cada encuentro es visto como el resultado de una red viva de relaciones. Vivir desde esta comprensión no solo armoniza el cuerpo y la mente, sino que orienta la práctica hacia una presencia humilde, abierta y profundamente despierta.
Esfuerzo Correcto como Práctica Viva
Entre los principios de Usui Sensei, “trabaja duro” no señala una exigencia externa ni una lucha contra uno mismo. Apunta, más bien, a una disposición interior: la voluntad constante de cultivar claridad, presencia y honestidad en la propia práctica. Trabajar duro es mirar hacia dentro con continuidad, sin evasión y sin violencia.
En el Dharma, esta actitud se conoce como Sammā Vāyāma, el Esfuerzo Correcto. No se trata de forzar la mente ni de alcanzar estados especiales, sino de orientar la energía con sabiduría: evitar que surjan estados mentales nocivos, abandonar los que ya han aparecido, y cultivar aquellos que conducen a la liberación. Es un esfuerzo equilibrado, sostenido y consciente.
La práctica de Usui Reiki ofrece un soporte muy concreto para este camino. Al trabajar con la energía, el practicante se encuentra inevitablemente consigo mismo: con sus hábitos, sus resistencias y su nivel real de presencia. Cada sesión se convierte en un espejo. “Trabajar duro” significa entonces volver una y otra vez a la postura correcta: manos presentes, mente clara, corazón disponible.
Desde esta comprensión, Reiki y Dharma se refuerzan mutuamente. El Reiki regula el cuerpo y aquieta el sistema nervioso, creando las condiciones para que el Esfuerzo Correcto no derive en tensión. El Dharma aporta la dirección, evitando que la práctica se convierta en rutina o autoengaño. Juntos, enseñan a cultivar una disciplina amable, firme y sostenida en el tiempo.
Trabajar duro en uno mismo no es un acto heroico ni visible. Es silencioso. Es cotidiano. Es volver al presente una y otra vez. Y es precisamente ese esfuerzo consciente el que transforma la práctica en un camino real.
Sé Amable con los Demás: la Ética de no Dañar como Práctica Viva
Entre los principios de Usui Sensei, “sé amable con los demás” apunta a una dimensión esencial de la práctica: la ética encarnada. No se trata únicamente de un comportamiento correcto hacia el exterior, sino de una forma de estar en el mundo que nace de una mente clara y un corazón no violento.
En el Dharma, esta actitud se expresa a través de Ahimsā, la ética de no dañar. No dañar no significa solo abstenerse de acciones agresivas; implica cultivar una atención constante sobre cómo nuestros pensamientos, palabras y gestos afectan a los demás y a nosotros mismos. La amabilidad surge cuando cesa la prisa por imponerse y aparece la comprensión de la interdependencia.
La práctica del Usui Reiki ofrece un terreno directo para encarnar esta enseñanza. Al poner las manos a una pequeña distancia del cuerpo, el practicante aprende a acercarse al otro sin invadir, sin exigir, sin corregir. La energía fluye cuando hay respeto, escucha y presencia. De este modo, la sesión se convierte en un acto silencioso de no-daño, donde la intención es acompañar y sostener, no intervenir desde el ego.
Desde esta comprensión, Reiki y Dharma se iluminan mutuamente. El Reiki suaviza el cuerpo y el sistema nervioso, creando las condiciones para una respuesta más amable. El Dharma aporta la claridad ética que permite cultivar una compasión estable, no reactiva. La amabilidad deja de ser un ideal moral y se convierte en una práctica concreta, momento a momento.
“Ser amable con los demás” es, en realidad, una forma profunda de disciplina interior. Cada encuentro es una oportunidad para no añadir sufrimiento al mundo. Cada gesto consciente es una expresión de Ahimsā vivida.
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