El Dhamma que Transformar los Tres Venenos
Mostrar el Dhamma no consiste en explicarlo bien, sino en vivir de tal manera que se vuelva visible. No se transmite con discursos refinados ni con gestos solemnes, sino con una presencia que no hiere, con palabras que no engañan y con acciones que no se desvían. Cuando hay consideración, amabilidad, tolerancia y honestidad, el Dhamma ya está actuando, aunque nadie lo nombre.
Practicar de verdad es cultivar la vía en lo cotidiano. Cultivar, en el Zen, no significa forzarse a ser mejor ni corregirse con dureza. Significa cuidar la mente instante a instante, como quien atiende un fuego para que no se apague ni se descontrole. Allí donde cultivamos atención, el Dhamma deja de ser una idea y se convierte en una forma de estar en el mundo.
Los maestros zen señalaron con precisión tres venenos que enturbian la mente y generan sufrimiento: avidez, ignorancia e ira. No son fallos morales ni defectos personales; son hábitos profundamente arraigados. El camino no consiste en combatirlos, sino en reconocerlos y permitir que se transformen mediante la práctica viva.
La avidez nace del miedo a no tener suficiente. Se aferra no solo a objetos, sino también a opiniones, relaciones, identidades e incluso a la práctica misma. Queremos retener, asegurar, controlar. El antídoto no es la renuncia forzada, sino cultivar la generosidad. Generosidad es soltar sin cálculo: dar tiempo, escucha, presencia; soltar una expectativa, una necesidad de tener razón. Cada vez que soltamos, la avidez pierde fuerza. No quedamos vacíos; quedamos más ligeros.
La ignorancia no es falta de conocimiento, sino no ver claramente lo que está ocurriendo aquí y ahora. Vivimos atrapados en conceptos, historias y reacciones automáticas. Su antídoto es cultivar la sabiduría que nace de ver directamente, sin adornos ni autoengaño. Sentarse en zazen, respirar conscientemente, observar un pensamiento sin seguirlo: ahí la ignorancia se resquebraja. Cuando la mente ve con claridad, aunque sea por un instante, la confusión no puede sostenerse.
La ira surge cuando la realidad no coincide con nuestro deseo. Es una energía de rechazo que endurece el corazón. A veces estalla; otras, se congela en resentimiento. El Zen no pide suprimirla, sino cultivar benevolencia y compasión. Primero hacia uno mismo. Compasión no es debilidad; es la capacidad de permanecer abiertos incluso cuando duele. Al reconocer la ira sin identificarnos con ella, su filo se suaviza y la respuesta deja de ser reactiva.
Estos tres venenos no se trabajan por separado. Se transforman en el mismo terreno: la atención continua. Cuando cultivamos generosidad, la avidez se afloja. Cuando vemos con claridad, la ignorancia se disipa. Cuando el corazón se abre, la ira pierde su dominio. Así, el Dhamma se encarna sin esfuerzo añadido.
Compartir el Dhamma, entonces, deja de ser una intención. No enseñamos porque queramos enseñar, sino porque nuestra manera de vivir no añade sufrimiento. Esa es la enseñanza más profunda. Si tú cultivas la mente y yo cultivo la mente, sin engañarnos, sin fingir, el beneficio aparece de manera natural. Primero en nosotros; luego, en los demás.
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